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Psicomagia: poesía en nuestros actos, según Alejandro Jodorowsky

Si, en nuestros actos, porque, aunque a usted no lo conozco, creo que si conozco uno de sus secretos. Sé que ha escrito poesía. Sin embargo, cuando me  refiero  a los poetas, no estoy pensando en aquellos sentados ante una mesa ornamentada escribiendo poemas. La clase que podemos encontrar abundante por doquier. Lo que me interesa es, sospecho, menos abundante: gente que no sólo escribe poesía, sino que se atreve a vivir poéticamente. Como una Gabriela Mistral, un Vicente Huidobro, un Pablo Neruda, un Pablo de Rokha, o como Nicanor Parra, contemporáneo más joven entre aquellos Gigantes, que todavía escribe sus anti-poemas y vive poéticamente en estas tierras y mares australes... 

O como Alejandro Jodorowsky, poeta, mimo, hombre fascinante, ducho en artes múltiples: director y actor de teatro y películas, exitoso creador de comics, escritor de novelas, maestro lector del Tarot, creador de los métodos de investigación del Árbol psicogenealógico: la constelación de influencias psíquicas que viajan a través de las generaciones controlando inconscientemente nuestras creencias y conductas más sutiles, y la prescripción de Actos Psicomágicos para sanar los bloqueos materiales-corporales, sexuales, emocionales e intelectuales que nos impiden realizar nuestra finalidad en la vida.

¿Qué es vivir poéticamente?

Según Alejandro Jodorowsky, vivir como un poeta es traer la audacia, el humor, una aptitud para cuestionar los postulados mediocres de la vida ordinaria; hacer estallar los límites y traer el amor por los actos gratuitos a nuestras vidas.  

¿Cuál es la definición del acto poético? 

“Debe ser bello, estético y prescindir de todo justificación. Puede también acarrear cierta violencia.  El acto poético es un llamado a la realidad: hay que enfrentar a la propia muerte, a lo imprevisto, a nuestra sombra, a los gusanos que hormiguean dentro de nosotros.  Esta vida que nosotros quisiéramos lógica es, en realidad, loca, chocante, maravillosa y cruel.  Nuestro comportamiento, que pretendemos lógico y consciente, es, de hecho, irracional, loco, contradictorio. Si observáramos lúcidamente nuestra realidad, constataríamos que es poética, ilógica, exuberante. [Hay que aprender a] percibir la loca creatividad de la existencia y no identificarme con los límites dentro de los cuales la mayoría de la gente se encierra hasta que no aguanta más y revienta.

Lo que sigue fue tomado del libro de Jodorowsky: La Psicomagia, Editorial Dolmen. (con algo de edición propia):

"La poesía no guarda una estereotipada del mundo, es convulsiva, está ligada al temblor de la tierra. Ella denuncia las apariencias, atraviesa con su espada la mentira y las convenciones.

Las personas llamadas razonables, aquellas que creen en la solidez de este mundo no plantean actos locos. Refieriándose a su juventud en Chile: "¡Pero en Chile la tierra temblaba cada seis días!  El suelo mismo del país era, por decirlo, así, convulsivo.  Esto hacia que todo el mundo estaba sujeto a un temblor, físico y existencial.  No habitábamos un mundo macizo regido por un orden burgués supuestamente bien implantado, sino una realidad temblorosa. ¡Nada permanecia fijo, todo temblaba... ja, ja ja! Todos vivían precariamente, tanto en el plano material como relacionar.  Nunca se sabía cómo terminaría una fiesta: la pareja casada a las seis de la tarde podía deshacerse a las seis de la mañana, los invitados podían tirar los muebles por la ventana... Naturalmente, la angustia habitaba en el corazón de toda esa locura.  El país era pobre, las clases sociales muy marcadas..."

Hay muchos dimensiones inconscientes, oníricas y mágicas de la realidad.  Porque, insistimos, la realidad no es racional, por más que así lo queramos ver para tranquilizarnos.  En general, los comportamientos humanos están motivados por fuerzas inconscientes, cualesquiera que puedan ser las explicaciones racionales que les atribuyamos luego.  El mismo mundo no es homogéneo, sino un amalgama de fuerzas misteriosas.  No retener de la realidad más que la apariencia inmediata es traicionarla y sucumbir ante la ilusión, aunque se disfrace de «realismo».

Los actos nos sacuden, nos obligan a abrirnos. ¿Qué más puedes hacer ante lo imprevisto?  La vida es así, ¿comprendes?: totalmente impredecible.  Crees que la jornada va a acontecer de tal o tal manera; en realidad puedes ser atropellado por un camión en la esquina, encontrarte con una antigua amante y llevarla al hotel a hacer el amor, recibir el techo sobre la cabeza mientras trabajas.  El teléfono puede sonar para anunciarte la mejor o la peor de las noticias. Nuestros actos poéticos no hacen sino evidenciar esto, a contracorriente del mundo rígido en que muchas veces vivimos atorados.

Los actos poéticos tienen un valor purificador y terapéutico. Porque, pensándolo bien, la historia de uno esta compuesta de palabras y de actos. La mayor parte del tiempo la gente se conforma con pequeños actos inocuos, hasta que un día ‘estallan’, sin control, les da rabia, rompen todo lo que se interpone en su camino, gritan insultos, se entregan a la violencia, incluso al crimen... Si un criminal en potencia supiera de los actos poéticos, sublimaría sus gestos asesinos trayendo a jugar un acto simbólico equivalente.

La sociedad ha puesto barreras para que el miedo y su expresión, la violencia, no surjan a cada instante. Por ello, cuando uno realiza un acto diferente de las acciones ordinarias y codificadas, es importante hacerlo conscientemente, medir y aceptar de antemano sus consecuencias. Realizar un acto es un proceso consciente que apunta a introducir voluntariamente una fisura en el orden de la muerte, que perpetua la sociedad, y no la manifestación convulsiva de una rebelión ciega. Conviene no identificarse con el acto poético, no dejarse llevar por las energías que éste libera.

Al realizar actos poéticos podemos movernos a nuestro antojo, hacer los gestos más insólitos, reunir los ingredientes de algo garantizadamente suntuoso, caminar disfrazado interpretando un personaje para dejar de interpretar a un personaje en comparación con otros personajes, para acabar eliminado todo personaje y acercarse poco a poco a la persona que llevamos encerrada dentro de nosotros. Es la ruta inversa de las escuelas de teatro antiguas; en vez de la persona yendo fuera hacia el personaje un acto poético/teatral intenta llegar desde el personaje a la persona que uno lleva dentro de uno mismo. Este “otro” que despierta cuando enactuamos un acto poético/teatral o un ‘acto psicomágico’ no es un fantoche hecho de definiciones y de mentiras, sino un ser con limitaciones menores. La euforia de lo «efímero» conduce a la totalidad, a la liberación de las fuerzas superiores, al estado de gracia.

El teatro es una fuerza mágica, una experiencia personal e instransmisible. No pertenece a los actores, sino a todo el mundo. Basta con una decisión, un atisbo de resolución para que esa fuerza transforme la vida. Ya es hora de que el ser humano rompa con los reflejos condicionados, los círculos hipnóticos, las autoconcepciones erróneas. La literatura mundial le concede un gran lugar al tema del “doble”, que poco a poco expulsa a un hombre de su propia vida, se apropia de sus lugares favoritos, de sus amistades, de su familia, de su trabajo, hasta transformarlo en un paria, e incluso a veces asesinarlo, según algunas versiones de ese mito universal. En lo que a mi respecta, creo que somos el “doble” y no el original. Nos identificamos con un personaje que no es sino una caricatura de nuestra identidad profunda: nuestra autoconcepción, la idea que nos hacemos de nosotros mismos:

Nuestro ego -poco importa el nombre que le demos a ese factor de alienación- no es más que una copia pálida, una aproximación de nuestro ser esencial.  Nos identificamos con ese doble tan irrisorio como ilusorio. Y de pronto aparece «el Original».  El amo del lugar vuelve a tomar el sitio que le corresponde.  

En ese momento, el yo limitado se siente perseguido, en peligro de muerte, lo que es totalmente cierto.  Porque el «Original» acabará por disolver el doble.  En cuanto humanos identificados con nuestro doble, tenemos que comprender que el invasor no es sino uno mismo, nuestra naturaleza profunda.  Nada nos pertenece, todo es del «Original».  Nuestra única posibilidad es que aparezca el Otro y nos elimine.  No sufriremos de ese crimen, pero participaremos en él.  Se trata de un sacrificio sagrado en el cual uno se entrega entero al amo, sin angustia..."

El teatro -según Jodorowsky- puede ayudar a una persona para que vuelva al «Original»

"Puesto que vivimos encerrados en lo que yo llamo nuestra autoconcepción, la idea que tenemos de nosotros mismos, ¿por qué no adoptar un punto de vista totalmente distinto?  Por ejemplo, mañana tú serás Rimbaud.  Es como Rimbaud que te levantarás y que te cepillarás los dientes, te vestirás como él, pensarás como él, recorrerás la ciudad como él... Durante una semana, veinticuatro horas al día, y para ningún espectador salvo tú mismo, serás el poeta, actuando como otra persona con tus amigos y conocidos sin darles ninguna explicación.  Lograrás ser un autor-actor-espectador, produciéndote, no en un teatro, sino en la vida.

Para esto establezca un programa, un acto o una serie de actos para realizar en la vida en un tiempo dado: cinco horas, doce horas, veinticuatro horas... 

Un programa elaborado en función de su dificultad, destinado a romper el personaje al cual te has identificado para ayudarte a restablecer los lazos con tu naturaleza profunda.  Tal como lo cuenta Jodorosky: "A un ateo, le hice adoptar durante semanas la personalidad de un santo.  A una madre indiferente, le asigné el deber de imitar durante un siglo el amor maternal.  A un juez, le di la tarea de disfrazarse de vagabundo para ir a mendigar frente a la terraza de un restaurante.  De sus bolsillos, tenía que extraer puñados de ojos de vidrios sacados de muñecas.  Creaba de este modo un personaje destinado a implantarse en la vida cotidiana y a mejorarla.  Es en ese estadio que mi búsqueda teatral poco a poco fue adquiriendo una dimensión terapéutica.  De director, me transformé en consejero teatral, dándole instrucciones a las personas para tomar su lugar en cuanto personaje en la comedia de la existencia."

Los consultantes sufren de estar sometidos a su doble.  Si se me acercan, es precisamente porque se sienten mal en su función y presienten la naturaleza radicalemente distinta del «Original» en ellos.  El proceso se funda, pues, en un deseo real de cambiar.

"Muchas personas llevan en ellos un acto que las condiciones ordinarias no les permiten realizar. Pero apenas uno le ofrece a alguien la posibilidad concreta de expresar públicamente y en circunstancias favorables el acto que duerme en él, es muy raro que la persona dude.  Si yo te pregunto al instante: «¿qué acto te gustaría realizar en público?», estoy seguro de que se te vendría inmediatamente una respuesta a la cabeza y que si yo reuniera las condiciones propicias para la realización de ese gesto/ tú estarías encantado de jugar el juego.”

"En resumen: el hombre que actua un acto psicomágico no se esconde detrás de sus personajes, sino que intenta encontrar su modo de expresión real.  En vez de ser un exhibicionista mentiroso, es un poeta, un creador en estado de trance en el instante fugitivo, momento único para siempre, de sus propias acciones, hecho a imagen de la vida en la cual, según la cita de Heráclito, uno no se baña jamás en el mismo río."

¿Qué sucede en un acto psicomágico que es tan poderoso para inducir cambios profundos en la vida de las personas?  

Ver: Los actos psicomágicos transforman nuestras creencias limitantes, que incluye además:  

¿Qué hace que los actos poéticos o teatrales sean magia?  

Los actos psicomágicos nos ponen a cargo de nuestras vidas.

¿Qué principios guían el trabajo del psicomago? 

Para practicar e incorporar en su estilo estos patrones, participe en uno de nuestros talleres 

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