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La Tia Fanny. Un extracto de "Donde Mejor Canta un Pájaro" (Santiago de Chile, Dolmen 1992) Alejandro Jodorowsky.

"Lo que en ese año cabrón le sucedió a Fanny fue muy diferente. Ella no tenía talento de víctima. Por sobre todo admiraba a los verdugos, considerando como tales a las [prostitutas que conocía] campeonas. Al enterar dieciséis años se consideró diplomada: la puta enana, Rubí de La Calle, no tenía nada más que enseñarle.  Para maestra, su cuerpo.  El pelo rojo le caía hasta la cintura como un borbotón de sangre, las piernas rollizas pero largas marchaban con elegancia de jirafa, sus labios morrudos parecían dos pirañas dormidas, su pubis feraz lanzaba hebras tan duras que atravesaban como pequeñas llamas la tela de sus vestidos, cada teta de tan llena parecía contener un feto, y el culo salido, gordo, alegre, aromático, con su raya profunda le daba envidia a todos los templos... Así tallada, se sentía capaz de arrastrar por los bigotes a cualquier macho pudiente.  La única flaqueza que le quedaba era su virginidad.  Considerando peligroso dársela a un hombre, aquello podría crearle una amarra sentimental, decidió partirse el himen ella misma. [  ] Ya estaba lista... Ahora, para mover el mundo, necesitaba un punto de apoyo... Una intuición extraña, tan extraña que ella misma, a pesar de obedecerle, la encontró demente, le ordenó buscar ese punto en las afueras de la ciudad, junto a la carretera que iba a Valparaíso.  Caminó hasta el kilómetro diez y encontró una gasolinera roñosa, con gallinas ciegas revolcándose en el piso de cemento, lleno de grasa negra.  El garajista, un ser ancho, indefinido, con una calva en forma de tonsura y las manos llenas de dedos grandes como plátanos, al ver a Fanny y oírla decir "Si usted no se opone, seré su amante un corto tiempo.  Lo único que le pido es un plato de comida, una cama, que se bañe antes de acostarse conmigo y que me deje servir la gasolina.  No necesito sueldo", cayó de rodillas, chapoteó de vientre en la gelatina aceitosa, le beso los pies y corrió a prender una vela ante la Virgen María que reinaba en un nicho entre cortinas de satén verde con lunares de moscas... ¿Fanny confiaba en la voluntad del Destino o lo obligaba a actuar como ella lo quería?  Imposible de explicar.  Si era absurdo ir a sumergirse en una cloaca para llegar a las cúspides sociales, quizás por eso, porque la realidad no es lógica, le resultó: Al cabo de tres semanas de paciente espera, se detuvo allí el lujoso automóvil de un Ministro del Gobierno.  Mi tía observó al hombre, un hijo de catalanes, cincuentón, con pecho en proa de barco, cejas unidas en el ceño, dientes caballunos y piernas cortas de conquistador ladrón.  Vio en su piel reseca la ausencia melancólica del placer, y en las ventanillas irritadas de su nariz, el amor substituido por la cocaína... Cuando el chofer, morenito orgulloso de su traje gris con gorra y guantes, le dio la propina, ella le echó un largo soplo en la cara, lo suficientemente cálido como para embriagarlo:

-Páseme a buscar esta noche, en cuanto lo dejen libre.  Tengo ganas de ir a bailar...

La orden fue obedecida.  Apenas comenzó a oscurecer llegó el automóvil, guiñó los faros y dio tres bocinazos.  Fanny, con su traje blanco impecable, sus altos zapatos rojos de tacones agudos y su melena exaltada por la brillantina, dio una palmadita de adiós en el sexo del garajista, se sentó al lado del chofer, pegó los labios a su boca y le absorbió la lengua entera.  El moreno, asustado, creyó que la vigorosa chupada se la iba a arrancar de cuajo, pero en un arranque de hombría, el deseo le carcomía el cerebro como un ácido, se descontrajo y entregó, casi asfixiándose, su áspero apéndice.  Por esa hembra era capaz de sacrificar hasta el habla.  Ella lo soltó, le dijo que partiera y, mientras se acercaban a Santiago, inclinada entre la palanca de cambios y las piernas, hizo tal faena que Ceferino se salió del camino, dio un frenazo tardío y se encontró eyaculando con una vaca agonizante bajo las ruedas.

Así Fanny comenzó su ascensión.  Nunca le mintió a nadie.  A cada uno le advirtió que ella era un regalo por poco tiempo.  De Ceferino pasó al portero del Ministerio, del portero al recadero, de éste a un ayudante del subsecretario, de allí al sub y del sub al secretario, después al guardaespaldas jefe, al consejero principal y, por fin, fue recibida por don Manuel Garrázaval, el Ministro.  Todo esto en menos de catorce .semanas.  El funcionario ceñudo la miró por encima de la foto de una esposa, beata vanidosa, y un par de retoños, tiranos creciendo para cínicos.  Carraspeo.  Prendió un cigarrillo y se lo ofreció a Fanny.  Mi tía descruzó las piernas, subió su falda, no traía calzones, e introdujo el cigarrillo en su pequeño sexo de labios rosados.  Así, con los muslos abiertos, mostró que por ahí sabía fumar, exhalando espesas volutas de humo.  Mientras tanto, como si ese acto de circo fuera la cosa más natural del mundo, le propuso al funcionario una relación galante a cambio de una casa espaciosa donde ella pudiera realizar sus negocios, es decir, instalar un prostíbulo de lujo.  El hombre se volvió loco.  Con entusiasmo febril, cayó arrodillado entre esas piernas de alabastro y dio un beso en forma tan precipitada que se tragó el cigarrillo.  Después de una media docena de asaltos rápidos y nerviosos, consintió en todo, pero bajo juramento de una completa fidelidad.  Fanny, que dijo llamarse Princesa Rahula, dando como prueba de su sangre azul el lunar negro que llevaba pintado en la frente, aceptó al matón que le pusieron de perro guardián para que en las noches, pistolón al cinto, durmiera tirado debajo de su cama.  Ese sacrificio valía la pena... Creó un lupanar decente que tuvo un éxito sublime.  Sus ideas eran originales.  En lugar de exigir una mansión en un barrio encopetado, que terminaría por producir escándalos entre los vecinos pechoños, pidió que le dieran todas las casitas de un pasaje situado en la desprestigiado calle Bulnes, siempre llena de atroces patinadoras.  Los que se aventuraban por allí salían con las solapas destrozadas a causa de los tirones ávidos con que las mujeres, feas, ebrias, descuajeringadas, trataban de seducirlos... Arregló su propiedad hasta convertirla en un motel de lujo.  Por el estricto portón de acero y bronce sólo podían pasar clientes con automóvil y chofer.  Políticos, grandes comerciantes, hombres famosos, aristócratas.  A cada cual se le ofrecía un apartamento completo, provisto de salón, bar, dormitorio, cocina, baño y un garage que comunicaba con el interior.  Así, ningún curioso veía al cliente bajarse del vehículo y la discreción era absoluta...

Mi tía tenía sus ideas sobre la sexualidad masculina: un hombre que contrata a una ramera, muy en el fondo, no anda pidiendo sexo sino ternura.  Más que una mujer, quiere comprar una confesara... Recorrió Santiago entero buscando veinte mujeres expertas, entre cincuenta y cincuenta y cinco años.  Escogió si no las más bellas. -tantos años de patiperreo, trago, abortos y chulos, las habían estragado-, por lo menos las más dignas.  Les dio trajes de aspecto severo, peinados de señora y maquillajes discretos.  Les enseñó a hablar con delicadeza y a borrar de sus rostros la lascivia para ajustarse una expresión de madres tiernas.

-Sexualmente ustedes lo saben todo, pero de caricias maternales, nada.  Aprendan a tocar a los clientes como si fueran sus propios nenes... Al comienzo, durante el primer contacto, si les caen antipáticas, -ellos quizás guardan un rencor profundo contra la autora de sus días por un mal parto o una falta de leche y cuidados, que sé yo, un pedido insatisfecho-, no importa: acérquense para que las rechacen.  Entonces amen esas manos enemigas y comiencen su masaje por ellas. Lo primero que deben respetar son las defensas.  Y como si fueran una Virgen María, milímetro por milímetro, acaricien hasta el corazón, con delicadeza extrema y atención total, disolviendo las mínimas contracciones, un músculo después de¡ otro, dando apoyo seguro a cada área, para que nunca el cliente tenga la impresión de que descuidan una parte suya por mínima que sea.  Para masajear así deben respirar regularmente, con calma absoluta, reverenciar, ser un receptáculo vacío sin nada que pedir ni nada que imponer, un simple refugio no un invasor, una infinita y eterna compañía, discretas, prestas a hacerse invisibles al menor movimiento de rechazo.  Si se rinden con amor, es Dios quien tocará al otro a través de ustedes.  Si no le dan sus manos a Dios ellas no pueden tocar verdaderamente.  Si la madre no es divina, no es madre...

Esas mujeres así preparadas sabían usar voces dulces, bañar a los políticos cantándoles canciones de cuna, espolvorearlos con talco, tomarlos en brazos, apretarles una oreja entre sus pechos y sostenerlos así durante horas sumergidos en el ritmo del corazón, para al final, cuando estaban tendidos de espaldas en la cama, sin ninguna defensa, acariciarles el sexo de una manera tan vigorosa, desde el escroto hasta el glande, que salían del sopor mental convertidos en dragones.  Poseer a esas viejas que en cuatro patas daban quejidos obscenos y pronunciaban frases de una lascivia diabólica, los conducía a un placer procaz rayano en la locura.  Aceptaban entonces el látigo que la tentadora sacaba de debajo de la almohada cuando los sentía llegar al orgasmo y lanzaban la descarga final bajo una lluvia de golpes.  Pagaban después considerables sumas de dinero... Era tal el éxito que los clientes debían inscribirse con dos meses de anticipación para obtener un encuentro."

 

Hay muchos más ejemplos de aplicación de las habilidades de patrocinio y de practicas poiéticas como son las realizadas por las niñas de Fanny, en la referida novela. Y Alejandro está preparando la segunda parte de su investigación psicogenealógica, dónde, puedo adivinar, comienza donde llegó antes: su nacimiento.

 

Ver también: MARÍA Y JOSÉ , extraído de "Los Evangelios para Sanar" de Alejandro Jodorowsky, Editorial Dolmen.  (Una reinterpretación de nuestro mito Judeo Cristiano fundador.)